Antes que nada, quisiera daros las gracias de antemano a los que vayáis a leer la narración de éste, nuestro viaje, a tierras situadas al Norte de Europa. Un regalo de Reyes (que no de San Compretín), un pelín atrasadillo que se materializó gracias a cuatro individuos humanos que, a lo largo de mi vida, me han hecho el mejor regalo de todos cada día: quererme. Va por ellos...
Comienza mi andadura viajera en este mar de boquerones!!! (y a partir de ahora, también de warros!!!)

Todo camino, tiene un principio; todo camino, se inicia por un determinado momento que nos incita a dar ese paso que nos conducirá a nuestro tan ansiado destino. Algunos destinos, tienen billete de ida y vuelta; otros, no.
En mi caso, el billete era de ida y vuelta, aunque a día de hoy tiene claras expectativas de que pueda repetirse; tal vez por un período de tiempo mayor al que hemos gozado, pero todo dependerá de los acontecimientos venideros.
Un viaje que tenía un mayor aliciente por la sorpresiva posibilidad de montarme, por primera vez en mis casi 27 años de existencia en el mundo, en un avión. Y no una vez, sino cuatro (VAGEEEEEENA!!!)
Quizás, todos aquellos que han sufrido en sus carnes un vuelo de casi cuatro (VAGEEEENA!!) horas de duración (Málaga-Madrid, 60 minutos; Madrid-Viena, 2:50 horas), se dejen llevar por ese relativo cansancio que todo viaje largo ocasiona, más en el cuerpo que en el alma, obviando tal vez por unos minutos preciosos las razones que los llevaron a emprender un largo viaje. Olvidan que sus ojos contemplan un espectáculo visual mucho mayor que el que jamás hubieran imaginado, dejándose cegar por las esperanzas de llegar a encontrarse, más pronto que tarde, con un cómodo colchón en el que descansar sus fatigados huesos.
No fue éste nuestro caso (pese a que nuestras maletas se "perdieron" gracias a Iberia, no pudiendo llegar a nuestras manos hasta el día después de nuestra llegada).
Y es que, atónitos, pese a la oscuridad que envolvía la ciudad imperial, nos dejábamos deslumbrar por la magnificencia de los edificios, grandiosos en todo su esplendor; por la luminosidad de sus calles, por el encanto del Danubio que, lejos de ser aquel río azul que Strauss nos dibujó de forma romántica en sus valses, reflejaba unas estrellas que parecían ser el vivo reflejo de mis ojos.
Nuestros pasos resonaban fuertemente
Sonreímos. Ellos nos sonreían.
La comunicación universal de la sonrisa.
Y es que, a lo largo de nuestro viaje, la sonrisa ha sido la principal protagonista; la sonrisa de esa ciudad situada en el norte de Europa en la que, pese a las bajas temperaturas y a los pequeños copos de nieve que nos saludaban cada mañana, encontré una calidez con la que nunca hubiera podido soñar.

Por fin, llegamos al hotel. Nuestra habitación, estaba situada en la última planta, y era una encantadora buhardilla, típicamente alemana, con número 615. Cada pequeño rincón, cada detalle nos pareció una preciosidad. Y es que, podría ser pequeña, pero para nosotros era un palacio... Como los que íbamos a visitar al día siguiente...
Fotos a diestro y siniestro, alguna que otra, comprometida, como la que adjunto (mi cara de sorpresa no es fingida, y no estaba posando)
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2 comentarios:
Empieza el viaje por Viena de este par de boquerones con anorak ......... y guantes, y gorro, y bufandas XD porque allí hacía un frío pa morirse!!
Menos mal que es la risa el lenguaje universal, y no el alemán XD Menudos nombres que os habéis cruzado en vuestro camino.
Lo de las calles solas me parece sorprendente: ni los austriacos soportan el frío que vosotros habéis aguantado XD
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